Pero ¿cómo podría lo mortal generar algo inmortal? Tal vez deberíamos preguntarnos sobre cómo es posible que lo inmortal genere la ilusión de la mortalidad.
—Silo, 2004
I.
Hace 16 años Silo, el fundador de una corriente social y espiritual que encuentra su versión actual más acabada en El Mensaje de Silo y en el Humanismo Universalista, partía de este mundo habiendo expuesto su certeza acerca de la inmortalidad. Desde entonces, cada 16 de septiembre, los siloístas de todo el planeta celebran el “Día de la Inmortalidad”. Pero, ¿Qué es El Mensaje de Silo? ¿Cuál es su legado? A través de un recorrido por Punta de Vacas, lugar en el que confirió su primera arenga pública, me aproximo a un registro etnográfico sobre una de las tantas maneras en las que se vive el siloísmo en la actualidad: la peregrinación anual a la montaña.

Mapa geopolítico de la ubicación del Parque de Estudio y Reflexión Punta de Vacas, Mendoza, Argentina.
Un paraje inhóspito, conocido como Punta de Vacas, se ubica sobre la ruta 7, en la provincia de Mendoza, Argentina, a 30 kilómetros del paso fronterizo con Chile. Los últimos datos censales del poblado datan de 18 habitantes[1]. Sin embargo, Punta de Vacas no siempre ha sido un lugar apacible debido a que, a principios del siglo XX, fue una estación del Ferrocarril Trasandino que conectaba Chile y Argentina. A principios de la década de 1990, la línea ferroviaria fue cerrada y, de este modo, Punta de Vacas se convirtió en una localidad despoblada.
A pesar de ello, cada enero, el paraje y sus alrededores se colman de miembros de El Mensaje de Silo (EMS) que se reúnen en el Parque de Estudios y Reflexión Punta de Vacas (PDV), ubicado en la localidad homónima, y culminan el encuentro con la celebración del natalicio de Silo, el 6 de enero.

Parque de Estudio y Reflexión Punta de Vacas, construcciones y elementos simbólicos.
II. El Mensaje de Silo: aproximaciones
“La real sabiduría no se transmite por medio de libros ni de arengas; la real sabiduría está en el fondo de tu conciencia como el amor verdadero está en el fondo de tu corazón”. Con esa declaración, Silo inauguró la primera conferencia pública en 1969, cerca de las coordenadas donde los ríos Vacas y Tupungato desembocan en el río Mendoza, en el actual Parque Histórico PDV. En un contexto político de dictadura militar bajo la presidencia de Onganía, y por ende, hostil para los movimientos sociales, el permiso de hablar en público le fue otorgado en aquel lugar desolado ya que, de acuerdo a la interpretación gubernamental, “hablarle a las piedras” no acarreaba peligro alguno[2]. Así fue como el 4 de mayo de 1969, alrededor de doscientas personas de diferentes países, mayoritariamente de Argentina y Chile, arribaron a la Cordillera de los Andes, a casi 2.700 metros sobre el nivel del mar, para escuchar “el sermón de la montaña”.

En aquel acto fundacional, alejado de las urbes y de su ebullición sociopolítica, Silo disertó sobre “la curación del sufrimiento”. A través de un ensayo poético se ocupó de revelar la raíz del sufrimiento, diferenciar los tipos de sufrimiento y transmitir la posibilidad de su superación. El Parque PDV es considerado histórico, tanto por ser testigo de dicho evento constitutivo como por ser el lugar en el que ocurrió un acontecimiento mítico e histórico: los diez días de meditación de Silo que están plasmados en el libro La Mirada Interna. PDV condensa una temporo-espacialidad mítica en la que “el Maestro” (como es llamado por sus seguidores) accede “no por enseñanza, sino por experiencia y meditación” a la “revelación interior” y al descubrimiento del “sentido de todo lo existente”.
Desde hace algunas décadas, cada 4 de mayo miembros de EMS de diferentes países se reúnen en los Parques de Estudio y Reflexión a conmemorar dicha fecha como el “Día del Testimonio”. Adicionalmente, desde el año 2010 otro hito anual es el encuentro mundial de mensajeros/as a comienzos de enero en el Parque PDV.

EMS es una espiritualidad basada en la doctrina siloísta y en la experiencia de crecimiento interno. Consta de un libro (La Mirada Interna), unas ceremonias y un camino. Este conjunto de materiales, lanzado por Silo en agosto de 2002, es de libre interpretación, libre participación y libre acción. En el inicio de este milenio, el lanzamiento de EMS fue un hecho novedoso y disruptivo para quienes participamos en la antigua forma organizativa del siloísmo: el movimiento humanista. Dicho formato era verticalista y la interpretación de sus materiales era rígida y determinada por los lineamientos de la organización social.
La última vez que había participado en un encuentro en el Parque PDV había sido 10 años atrás, a comienzos del 2015. Para ese entonces, el encuentro se denominaba “Jornadas de Inspiración Espiritual”. Mi participación en El Mensaje ha sido casi nula desde aquella vez debido a proyectos personales y laborales que me direccionaron hacia otros rumbos. Con el comienzo de mi investigación antropológica sobre heterodoxias religiosas, retomé la participación en las reuniones semanales en las Salitas de EMS, que actualmente constituyen la esfera central de las actividades del siloísmo, pero ahora con un enfoque etnográfico. Desde el principio de la indagación, comprendía que el encuentro de enero en la montaña era clave para conocer algunas cuestiones de EMS en la coyuntura actual. Esta vez, la invitación que recibí por parte de un mensajero indicaba: “Peregrinación 2025. Parque Histórico Punta de Vacas”.

Vista aérea del Parque de Estudio y Reflexión Punta de Vacas. Bandera “Gracias Silo” (abajo a la izquierda)
III. Parque de Estudio Y Reflexión Punta de Vacas
Los Parques de Estudio y Reflexión son centros de reunión con áreas destinadas exclusivamente a la meditación, el trabajo interno y la realización de ceremonias. Estos ámbitos cuentan con elementos simbólicos que buscan producir efectos internos en las personas que interactúan en ellos. De este modo, el portal de entrada a los Parques, inspirado en los arcos torii de los santuarios sintoístas, busca marcar un límite entre el mundo externo y la interioridad humana. De igual manera, la sala de meditación, inspirada en las estupas budistas de la India, es una construcción semiesférica con una cúspide en dirección a lo alto, sin imágenes en su interior para resaltar el vacío y con cuatro entradas ocultas por muros, que simbolizan el acceso a espacios sagrados.

Sala de meditación y monolito del Parque de Estudio y Reflexión Punta de Vacas.
Otro de los componentes simbólicos, es el monolito de acero inoxidable de 9 metros de alto que marca las coordenadas espacio-temporales de la fundación del Parque. Asimismo, la plaza de las estelas del Parque Histórico tiene siete estelas de ladrillo y chapa grabadas con la arenga de Silo del 4 de mayo de 1969 en diferentes idiomas: español, inglés, ruso, chino, hindi, árabe y hebreo. En el resto de los Parques, cada estela tiene grabados los nombres de quienes aportaron económicamente a su construcción. La fuente de agua, inspirada en los yoni-lingam hinduistas, representa alegóricamente la energía vital femenina y masculina. Por último, las edificaciones de ladrillo a la vista y techo de chapa azul francia, que emergen desafiando el paisaje amarronado de las montañas, son lugares de retiro, seminarios de trabajo interno y desarrollo de oficios[3] que utilizan los miembros de EMS y de otros organismos siloístas con diferentes fines. Por su parte, el centro de estudio es una construcción con un salón central que posee una biblioteca y mesas dispuestas para el estudio e intercambio. De esa sala se desprenden tres alas que representan los tres cordones montañosos y los tres ríos que confluyen en la zona. En la planta baja hay 24 habitaciones con baño las cuales se destinan al alojamiento de maestros y maestras de La Escuela 4]. En la planta alta hay siete salas de reunión, una sala de edición de audiovisual y un microcine. En el caso del centro de trabajo, la construcción es más modesta, tiene dos plantas con una cocina y dos toilettes. Allí, hasta 100 personas, miembros de EMS y del siloismo se reúnen para hacer retiros y jornadas de trabajo personal. En los laterales hay 10 departamentos con albergue para 52 personas.
Además, el Parque PDV cuenta con un centro de coordinación, desde donde se organiza el funcionamiento del mismo y hospeda a los cuidadores/as voluntarios/as durante el año; un mirador, que está ubicado en el punto más alto del Parque, desde donde se puede observar todo el complejo y el paisaje montañés que lo abraza; y una ermita de piedra, en donde, como se ha mencionado con anterioridad, Silo meditó antes de su conferencia pública de mayo de 1969.

Ermita de piedra, lugar mítico de la meditación de Silo en 1969, Parque de Estudio y Reflexión Punta de Vacas.
IV. Relato etnográfico: la peregrinación
a. Llegada y primera jornada
Mi viaje comenzó desde Córdoba. Una mochila, el indispensable cuaderno de campo y espacio suficiente para cargar las provisiones de comida y agua que necesitaría durante mi estancia en la montaña. El calor abrasante del verano mendocino, sumado al peso de la mochila, me hacía sentir que la peregrinación ya había comenzado.
El micro frenó en la terminal de Uspallata. Un grupo de unas 10 personas subieron cargadas de cajas con comida y bidones de agua. Las reconocí: eran mensajeras. Al llegar a destino, descendimos a unos trescientos metros del Parque PDV, en una suerte de parada inadvertida a los ojos de los citadinos porteños. El chofer me preguntó la fecha de regreso y nos informó que él mismo nos llevaría de vuelta a la ciudad de Mendoza. Solo debíamos esperar en el mismo lugar. Al ir comprendiendo los códigos viales del transporte público en la montaña, de a poco empezaba a familiarizarme con el entorno árido y solitario del lugar.
Cruzamos la ruta, que estaba poco pero velozmente transitada, y allí, frente a la imprecisa parada, nos esperaba una camioneta 4x4 para cargar el equipaje y trasladar a quienes tenían mayor dificultad para llegar caminando. Pregunté si podía cargar mi mochila, y la respuesta fue: “Por supuesto, para eso estamos”. Me deshice con alivio de esos 10 kg que cargaba sabiendo que los recuperaría más tarde en "el centro de trabajo", tal como anunció el conductor. Esos trescientos metros que me separaban del Parque PDV los recorrí con el entusiasmo y la incertidumbre de quien emprende un desafío: llevar adelante mi investigación con el bagaje y conocimiento siloísta de otrora.

Durante los días previos al encuentro de mensajeros, algunas personas se hospedaron en el Parque PDV. En el centro de trabajo, se disponían varias carteleras de papel madera. Algunas, tituladas a mano con fecha y lugar específico del Parque (sala de meditación, fuente, centro de estudio, etc.) en que cada mensajero/a podía anotar un horario y tema para proponer una actividad o un intercambio. Inicialmente, había pocas iniciativas registradas, pero con el paso de los días, el número fue incrementándose, aunque más tarde me comentaron que, en comparación con otros años, las propuestas fueron limitadas. Además, había otras dos carteleras: una titulada "Experiencias en EMS", que presentaba cinco subtítulos de esas experiencias, a los que se podía acceder mediante un código QR. Por último, la cartelera restante llevaba el encabezado "Pedidos", y debajo, las personas anotaban nombre, ciudad y el motivo del pedido. Al momento de mi llegada al centro de trabajo durante el primer día, los pedidos se centraban en temas relacionados con el bienestar y la salud, como el cáncer o la pérdida de la vista. Con el correr del encuentro, hubo otras instancias y actividades en las que se plasmaron los pedidos.
A lo largo de mi primera jornada en el Parque PDV, me interné en sus senderos, recorriendo sus recovecos cargados de simbolismos. Al día siguiente comenzaría el encuentro mundial de mensajeros/as, aunque todavía no habían llegado todos los peregrinos/as. El Parque estaba tranquilo, sin mucha gente. Algunas personas aún no habían llegado, sino que se encontraban en viaje u hospedadas en poblados cercanos. De todos modos, la peregrinación ya había comenzado.
En el centro de estudio, el murmullo de conversaciones se alzaba desde las mesas, donde varios grupos charlaban entre risas y reflexión. En la cocina, el bullicio era otro: algunas personas, preparaban los almuerzos, organizados por grupos de participación, que llenaban el aire con el aroma de comida casera.

Me adentré en las alas de las habitaciones, esas que denominan “celdas” dispuestas a lo largo de un extenso pasillo. Las puertas permanecían cerradas. Tras pedir permiso, entré a la celda en la que se alojaba una amiga. La habitación era sencilla, pero íntima: una cama individual, alineada a una pared blanca, una tabla de madera fijada a la pared oficiando de escritorio y por encima una ventana alta por donde la luz del sol se filtraba inexorable bañando el habitáculo. Junto a la cama, cubierta con una manta azul, se disponía una mesa de luz con un pequeño velador que completaba el mobiliario austero, pero adrede para los fines meditativos del aposento. Contiguamente, un baño incorporado a la habitación, y compartido con la celda colindante, permitía la privacidad y sigilo para realizar trabajos de desarrollo interno sin las distracciones o perturbaciones que puede generar el encuentro social. El silencio en ese espacio era absoluto, no solo por la separación a través de dos puertas que conducían a los lugares de reunión, sino por la cautela de las personas que circulaban en esa zona del centro de estudio.
Por la tarde, mientras conversaba con una vieja amiga en el centro de estudio, a la vez que merendábamos unos rollos de canela recién horneados por ella, me recordó que el último micro del día, que me llevaría al hospedaje situado a 5 kilómetros en la localidad de Los Penitentes, pasaría por la ruta en los próximos diez minutos. Mi intención inicial había sido alojarme en el Parque pero por falta de lugar tuve que buscar otro parador cercano. Me despedí con urgencia y me dispuse a irme. Aceleré el paso, ya que debía llegar al centro de trabajo, que se encontraba a unos 200 metros más abajo, para recoger mi mochila. Una vez que la recuperé, volví a caminar, contrarreloj y con el peso cargado sobre los hombros, aproximadamente los 250 metros que me separaban de la parada, para alcanzar el micro que pasaría por última vez ese día.
Caminé con esfuerzo para subir la montaña por el sendero sinuoso, atravesando piedras y desniveles. Mi cuerpo estaba acalorado por el ejercicio físico, pero mi cara se sentía fría debido al aire de la montaña al caer el atardecer. Caminé aceleradamente por el costado de la ruta, a un nivel más bajo, sin poder ver si el micro venía de frente. Unos metros más adelante, tuve que subir una pendiente en el último tramo para alcanzar la altura de la ruta y llegar a la parada difusa, camuflada en el paisaje rocoso. Al fin alcancé ese pequeño pero arduo ascenso. Crucé la ruta y esperé con incertidumbre, temiendo que el micro ya hubiera pasado. Llamé por teléfono a dos integrantes de la comunidad[5], pero las llamadas no entraban, no había señal. Cinco minutos más tarde, vi a lo lejos el micro, que se asomaba enorme por la ruta casi desierta del atardecer. La alegría me invadió, y la tranquilidad de saber dónde iba a dormir me dio calma. Al subir me encontré con los amigos/as de la comunidad. Allí estaban, recibiéndome con alegría del reencuentro. Cada uno con sus bártulos, cargando sus propios pesos.

b. La vida en el refugio
Quince minutos más tarde, bajamos del micro frente a la hostería. Nos hospedamos en “El Refu”, refugio de montaña para montañistas y, ocasionalmente, mensajeros/as. Este hospedaje es conocido entre los lugareños como “Mundo Perdido”, nombre que llevó durante muchos años y que, por cuestiones legales y de hospitalidad con sus visitantes, fue cambiado al de “El Refu”, denominación que genera una sensación más acogedora en ese contexto desértico de la alta montaña.
En “El Refu” hay fotos de montañistas de todas partes del mundo que se alojaron allí para emprender el temido ascenso al Aconcagua, el pico montañoso más elevado de América. Cuando llegamos, coincidimos con un grupo de once cordobeses que estaban organizando la travesía que comenzaría al día siguiente.
En la modesta cabaña que compartí con seis mensajeros y mensajeras, las charlas matutinas se convertían en una espera tranquila, aguardando el momento en que pasaba el primer micro que nos “bajaba” al Parque. Por la noche, después de las jornadas en PDV, nos reuníamos nuevamente para seguir compartiendo nuestras experiencias e intercambiar sobre las actividades en las que habíamos participado. En esos momentos, disfrutábamos de comidas caseras, que nos ayudaban a recuperar la energía tras los largos días de caminatas.

c. Quema de pedidos sincrónicos
Una de las noches improvisamos una “quema de pedidos” frente a la luna creciente de principios de enero. Debido a la falta de movilidad, no pudimos participar en la “quema” que se realizó en la ermita de PDV durante aquella madrugada. Caminar hacia el Parque nos llevaría alrededor de 1.15 horas, sumado al peligro que conlleva desplazarse por el costado de la ruta de noche con la débil iluminación de las linternas de los celulares. Para preservar nuestra seguridad y el esfuerzo que ese periplo nos costaría decidimos no participar en la “quema”. Mi interés antropológico me llevó a proponer la posibilidad de realizar una quema entre nosotros, en el refugio. Adhirieron rápidamente y uno de ellos sugirió “sincronizar” nuestra quema de pedidos con la que estaba programada en PDV a la medianoche. Escribimos nuestros pedidos en hojas de papel que minutos después fueron quemadas dentro de una cacerola recuperada de la cabaña, utilizada como cuenco para sahumar. La primera opción había sido usar un tacho que estaba en las afueras de la hostería, camino hacia el Río Mendoza, pero al acercarnos nos percatamos de que era un basural, y “no da quemar los pedidos en la basura” planteó uno de los mensajeros. La quema es un ritual que busca lograr que los pedidos se cumplan. Quemarlos junto a la basura, simbólicamente, no parecía ser la mejor opción. Fuimos quemando cada pedido en silencio, sin leerlos en voz alta. Algunos los doblaban o los ponían con la letra hacia el fuego, asegurándose de que sus palabras se desvanecieran en la llama.
El primer pedido encendió el fuego, y, uno a uno, fuimos alimentando esa chispa inicial con nuestras hojas como ofrendas. Las llamas contenidas atraparon nuestras miradas no solo por el frío de la noche en la montaña, sino por sus colores ardientes en la oscuridad. Además, el silencio murmuraba los pensamientos y necesidades profundas que se esfumaron desde la olla humeante. Una de las mensajeras verificó que todos los papeles estuvieran quemados. Había uno que parecía no estarlo por completo, por lo tanto volvió a encenderlo asegurándose de la eficacia simbólica del rito. Las cenizas, cuidadosamente apagadas, fueron esparcidas sobre la cadena montañosa en la que estábamos parados, para que el viento las termine de dispersar por la cordillera mendocina. Nos quedamos en silencio durante varios minutos, contemplando el cielo estrellado que se posaba sobre nuestras cabezas y la montaña imponente que teníamos enfrente.
El último día de hospedaje, una de las mensajeras dejó a los dueños de la hostería un libro de EMS. Ellos lo recibieron con agradecimiento, haciendo referencia a que en una ocasión anterior ya les habían regalado uno, el cual circulaba y pasaba de mano en mano entre los huéspedes de “El Refu”. Otro libro fue especialmente comprado para regalarle al chofer del micro que durante esos días nos llevó del Parque al hospedaje y se había mostrado interesado por el encuentro de mensajeros y lo que sucedía portal adentro.

Bordados sobre El Mensaje de Silo. Actividad durante la Peregrinación 2025.
d. Entre pertenencia y conocimiento
Durante aquellos días del encuentro me encontré con amigas y amigos que no veía hacía tiempo. Una de las preguntas más recurrentes fue: ¿Cómo te sentís al reencontrarte con “lo nuestro”? La reflexividad antropológica se disparó. Por un lado, la palabra “reencuentro” me hacía ruido. ¿Reencuentro con la doctrina? ¿con los ámbitos? ¿con la gente? Y por otro lado, el hecho de mi presencia en el lugar: ¿era percibida como antropóloga? ¿como siloísta? ¿como mensajera “recuperada” o “en recuperación”? La necesidad de presentarme como investigadora y los motivos que me llevaban a estar presente en el “Encuentro Anual de Mensajeros 2025” se hacían patentes cada vez que conversaba con alguien. Esto respondía, por un lado, a una cuestión de ética profesional y, por otro, a la necesidad de ser honesta respecto de mis intereses actuales, aunque el siloísmo —en tanto doctrina— continúe presente en mi vida de manera incorporada. Además, comentarios en tono chistoso como “¡Ah, sos una espía!” no solo se remontaban a los inicios del siloísmo en un contexto de dictadura cuando el ingreso a los ámbitos era extremadamente cuidado, sino también, a los cuestionables inicios de la antropología como disciplina social.
Todo lo anterior me puso frente al desafío de reflexionar sobre mi propia posición y mi rol en el proceso de la indagación, así como de comprender el impacto que puede tener el modo en el que voy construyendo esta investigación. Durante esos días de peregrinación reflexioné sobre mi posición actual respecto de “El Mensaje”. Para mí, era clara mi falta de identificación como “mensajera”, aunque sí me reconociera como siloísta. A partir de esta perspectiva, y de las preguntas que fui formulando, me encontré con otras personas que compartían la misma sensación. Así surgieron interrogantes como los siguientes: ¿Es posible reconocerse como siloísta sin considerarse mensajero o mensajera? ¿Ambas identificaciones se implican necesariamente? Estas preguntas me llevaron a entablar diversas conversaciones —que aún continúo analizando— y a “desarmar” categorías que, a primera vista, parecían claramente indisociables. De este modo, comprendí que el siloísmo constituye un pequeño mundo sumamente diverso y heterogéneo. Incluso en el “Encuentro Anual de Mensajeros” participan personas que se identifican como siloístas o humanistas pero que no se autoperciben “mensajeros/as de Silo” aunque participen de sus ceremonias, comunidades y lleven adelante la difusión de sus ideas. Como línea de indagación futura, resulta pertinente analizar por qué no todas las personas que participan de las prácticas de El Mensaje se identifican como mensajeras, y explorar si esta diferenciación responde únicamente a una cuestión semántica o si se relaciona también con determinadas sensibilidades espirituales, formas de vinculación, sentidos de pertenencia o con una posible estigmatización religiosa.

V. Día del natalicio
El 6 de enero, al mediodía, estaba programado el brindis por el natalicio de Silo. En el centro de estudio estaba dispuesta una gran mesa central con vasos plásticos y gaseosas. El clima era festivo. Las personas charlaban u observaban las producciones de los días anteriores como los “bordados sobre ELM”, un lienzo que integraba varios trozos más pequeños con bordados coloridos: dibujos, palabras o principios de acción válida[6] del libro “La Mirada Interna”. Algunos otros, esperaban el discurso de Ana, pareja y madre de los hijos de Silo. En el primer aniversario tras su muerte, Ana habló el día del natalicio y, a partir de allí, quedó establecida esa conmemoración como una costumbre.
Desde un pequeño balcón desde el primer piso del centro de estudio, Ana desplegó una hoja que fue leyendo pausadamente y su voz denotaba la emoción que le generaban sus propias palabras. En una mano sostenía el micrófono, en la otra el papel guía de su intervención. Recordó que estábamos allí “no solo para celebrar un cumpleaños sino para honrar la vida de alguien muy especial”. Terminó su alocución alzando una copa y saludando bajo el lema “Gracias Silo”. Todos los presentes alzamos nuestras copas y respondimos repitiendo el saludo.

Luego de esa pequeña celebración, muchos mensajeros regresaban a sus ciudades o partían hacia otros destinos vacacionales. Mi micro pasaría por la ruta cinco horas más tarde, por lo que continué recorriendo el Parque acompañada de mensajeros y mensajeras. Primero fuimos a ver la bandera “Gracias Silo” que se encuentra sobre la montaña frente al Parque PDV. El objetivo era revisar su estado, ya que se había decolorado y posiblemente eso había afectado a la lona. Más tarde, nos dirigimos al mirador, el punto más alto del Parque, desde donde se observan todas las demás construcciones y los caminos que las conectan. El viento soplaba ferozmente, y los cinco banderines naranjas izados en un mástil en el centro del mirador flameaban con fuerza. Además, el viento volaba los sombreros que llevábamos puestos para mitigar el implacable calor del sol del mediodía. La sensación del viento en la cara y en el cuerpo generaba una inestabilidad que había que combatir con entereza, posicionándose enraizadamente. Uno de los mensajeros se sentó erguido en uno de los bancos de madera dispuestos alrededor del mástil y cerró los ojos como si quisiera apreciar mejor la sensación del viento en su piel o quizá conectar con su mundo interno. Al verlo, tuve la impresión de que lograr el equilibrio en medio de ese viento impetuoso era una metáfora de aquello que los siloístas desean alcanzar en sus vidas.
[1] Censo del 2010, debido a que el censo de 2022 no especifica la cantidad de habitantes en la localidad.
[2] Extraído de una entrevista a Silo el 12 de enero de 1984. Disponible: https://www.elmayordelospoetas.net/1984/01/12/mesias-iluminado-enganagente-mitomano/#iLightbox[gallery_image_1]/1
[3] Los oficios son: conservación y producción del fuego, prácticas con materiales en frío y moldes, y trabajos con cerámica, metales y vidrio.
[4] La Escuela de Silo, es un sistema de prácticas, oficios, disciplinas y ascesis que posibilitan el acceso a espacios sagrados.
[5] Comunidad en la que participé como anclaje territorial para esta investigación.
[6] Se refiere a doce principios morales que orientan la conducta de las personas.