La deleznable campaña de "ley y orden" de Jorge Macri no es sólo el mantra autoritario con el que pretende robarle votos a Milei para lograr su reelección, sino que también afecta la libre circulación y las posibilidades de ganarse honradamente la vida de personas de bajos ingresos. Desde una óptica más sociológica, ofrece también un caso de manual para pensar la articulación de dos conceptos que he propuesto en trabajos previos: la idea de orden religioso-espacial y la de orden racial-espacial, esta última tomada de los estudios de Jean Rahier y Norman Whitten sobre la desigual distribución geográfica de poblaciones racializadas en Ecuador.
Gracias al fotógrafo Nazareno Ausa (@narcisoslm), cuyas fotos ilustran esta entrada, me entero de que las valientes fuerzas porteñas del orden no sólo reprimen y "limpian" de las calles a personas sin hogar, a manteros, vendedores ambulantes y toda persona "insuficientemente blanca" que sólo por serlo despierta la sospecha policial (o sea, la siempre vigente detención por "portación de rostro") sino que también han comenzado a limpiar el espacio público de otras presencias indeseables, en este caso religiosas, como los altares del Gauchito Gil y de San La Muerte.

La gestión de Macri ha estructurado un discurso basado en la segregación de las personas a las cuales clasifica -de manera más o menos explícita- como "no deseables": personas que no son "de bien" según la nomenclatura libertaria a la que intenta emular. Aquí estarían incluídos inmigrantes, morochos, vendedores ambulantes, personas en situación de calle, y habitantes de barrios populares, entre otros. El slogan "ley y orden" funciona como el mantra orgulloso y legitimador de un conjunto de operaciones que se despliegan en el espacio urbano y que tienen, todas ellas, un destinatario implícito: los sectores populares "insuficientemente blancos". Podría decir "marrones" pero no todos necesariamente lo son, a veces sólo poseen un fenotipo que no encaja con la imagen idealizada de los porteños "eurodescendientes" y cuya ascendencia indo o afroamericana es quizás apenas intuída, en un país en el cual no hay "razas" ni grupos étnicos y donde tampoco hay mucha conciencia del mestizaje biológico -y cultural- que nos caracteriza como pueblo, pero que nos emperramos en invisibilizar. La presencia de estas personas en ciertos espacios de la ciudad es percibida como una transgresión a la imagen idealizada de la ciudad "blanca" y "europea" que nos enorgullece e intentamos difundir y exportar. Esta imagen, claro, está basada apenas en la realidad de unos pocos barrios de la ciudad pero que son utilizados cual sinécdoque para imaginarla en su totalidad.

Los altares callejeros del Gauchito Gil y de San La Muerte son, en este contexto, objetos especialmente reveladores. Estas devociones populares tienen, de manera general, una geografía social (imaginada) precisa: las esquinas de los barrios del sur, los accesos y las calles de las villas; de manera general: los bordes de la ciudad formal. La realidad no necesariamente condice con esta imagen. Hay (o había, la duración temporal de estos altares siempre es variable e incierta, ya sea por la fluctuación de las devociones, la arbitrariedad de los milagros, o la vandalización social y policial) altares en el Abasto, en Almagro, en las vías de Palermo Soho o en Chacarita. En este último barrio está el mayor de ellos, a un par de cuadras de la entrada al cementerio , que pudo crecer y establecerse con la anuencia de administraciones anteriores de la ciudad, más progresistas. De manera general, buena parte de ellos son del Gauchito Gil -una figura que por amalgamar a Martín Fierro con Jesús siempre es menos polémica y más fácilmente comprendida que la de San La Muerte- pero no es incomún que en varios de estos altares también haya, hacia un costado o atrás, una imagen del "Santito".

En el de Chacarita, que es como una pequeña casa de ladrillos con dos cuartitos interconectados, llegó a tener su propio altar en un cuarto en la parte de atrás -al que sólo los entendidos tenían acceso-. No duró demasiado: cuando llegaron unos sacerdotes nuevos a la parroquia de la zona y decidieron hacer misas en la calle en distintos puntos del barrio, eligieron hacerlo también frente al altar del Gauchito Gil, en otra muestra de la cooptación del santo que la Iglesia viene realizando desde hace unos años. Pero la presencia, aún oculta, de un altar significativo de San La Muerte en la casilla que albergaba al Gauchito era inconcebible. Lo mandaron sacar, según las malas lenguas, hasta con rituales de exorcismo para apartar lo que ellos consideraban energías nefastas. Actualmente lo que era la entrada al cuarto posterior que contenía el altar está tapiada con cemento, cual emparedamiento cinematográfico de un demonio o ser maligno.
La prevalencia de los altares en las distintas zonas de la ciudad no es aleatoria: los altares marcan territorialmente quién habita cada espacio, qué clase de religiosidad -y por tanto qué clase de sujeto- es considerada apropiada en cada zona de la ciudad.

El concepto de orden religioso-espacial es el que permite comprender analíticamente esta distribución. El orden vigente en Buenos Aires distribuye jerárquicamente las prácticas religiosas en el espacio urbano según un principio que no se enuncia pero que opera con notable eficacia: la religiosidad legítima -la que merece espacio, visibilidad, protección- es aquella asociada a los sectores medios y altos, de extracción europea, históricamente identificados con el catolicismo institucional o, más recientemente, tal vez con ciertas formas de espiritualidad new age privatizada e individualizada. La religiosidad popular -el Gauchito, San La Muerte, las religiones de matriz afro, las devociones que ocupan la vereda y el espacio público- se tolera en las periferias, en el margen, pero no cuando se vuelve demasiado visible en los espacios que el poder considera propios. De hecho, tampoco hace falta recurrir a ejemplos de religiosidad asociada a "sectores populares" para ver esta realidad: la presencia en los 80s de templos evangélicos en el centro de la ciudad (en las avenidas Rivadavia, Corrientes, en la calle Lavalle) generó una fuerte reacción mediática en contra. La construcción de la mezquita de Palermo también causó una reacción social -que no se manifestaba como "contra el Islam" pero sí, aduciendo argumentos urbanísticos, señalaba la incongruencia de esa presencia en ese barrio de clase media en proceso de gentrificación-. La polémica actual sobre el megatemplo mormón al lado del convento de Santa Catalina en pleno centro también revela el escozor que provoca una presencia religiosa no tradicional en esa área simbólicamente significativa de la ciudad.

El operativo de Macri, entonces, no solamente retira objetos religiosos del espacio público: sino que reestablece, mediante la fuerza estatal, un orden religioso-espacial que estaba amenazado. Lo hace de la misma manera con que retira a los manteros de Once, desaloja ocupantes de edificios en el centro o "libera", según sus propias palabras, barrios como Flores, Once, Retiro y Constitución de la presencia de manteros. El verbo "liberar" es, aquí, revelador: supone una ocupación previa, una presencia ilegítima que es necesario erradicar. Aplicado a los altares, subyace el mismo razonamiento: el espacio público "liberado" es un espacio del que se ha expulsado cierta religiosidad, cierta clase de cuerpos, cierta forma de habitar la ciudad.
Lo que este análisis pone de manifiesto es que el orden religioso-espacial y el orden racial-espacial no son dos órdenes paralelos sino uno solo, con dos caras. Las devociones populares son populares no solo en el sentido religioso sino también en el sentido social: las practican mayormente (pero siempre recordemos que no sólo) sectores pobres, migrantes internos del norte o del litoral argentino, personas habitualmente marcadas racialmente como "morochas" en el vocabulario local cuando no estigmatizadas/criminalizadas como "negros". Cuando el ser "insuficientemente blancos" justifica que les pidan los documentos o su residencia conurbana los torna sospechosos y menos deseables en la "ciudad blanca", y cuando simultáneamente se retiran sus altares de las esquinas, se está aplicando la misma lógica de depuración sobre los cuerpos y sobre los símbolos: unos y otros son declarados fuera de lugar.

La incomodidad que genera un altar del Gauchito Gil en una esquina de los barrios céntricos porteños es, exactamente, la incomodidad que en el esquema teórico propuesto aquí señala dónde están los límites normalmente invisibles del orden. Y la decisión de destruirlo es la forma más literal posible en que ese orden -históricamente constituido, moralmente cargado y continuamente reproducido- se restituye a sí mismo cuando percibe que alguien lo ha transgredido.
Por más que Buenos Aires se venda también como "ciudad del diálogo interreligioso", queda claro que ese diálogo está reservado únicamente para "religiones" con cierto status social: monoteístas y abrahámicas, con alguna presencia minoritaria exótica que muestre la deferencia de la "inclusión" (subordinada) en la foto celebratoria de cada evento planificado. Mientras tanto, en la vida cotidiana en la calle, determinados cuerpos y creencias están obviamente fuera de lugar en la ciudad "blanca", "europea" y "católica".
Este texto fue publicado originalmente en portugués en el blog brasilero "Religião em Debate".