(Texto de Roger Bastide con fotos de Pierre Verger publicado en la revista "A Cigarra" de junio de 1949)
En los flancos sonoros de los barcos negreros vinieron no solo los hijos de la Noche sino también sus dioses, los Orixás de los bosques, de los ríos y del cielo africano. Es verdad que, en el muelle de los puertos brasileños, el capellán esperaba a los nagôs, a los jejes, a los angolas —capellanes de las ciudades, capellanes de los ingenios, para enseñarles las plegarias latinas y bautizarlos con el Espíritu Santo. Los negros confundirían sus divindades sombrías con los santos católicos, pero continuarían, a través de los cantos y de las danzas tradicionales, adorando a los dioses de ultramar. Y así nació el Candomblé, perdurando hasta nuestros días, a pesar de las muchas transformaciones por las que pasó.
A partir de los trabajos de Arthur Ramos y de Nina Rodrigues, esta religión afrobrasileña se volvió bien conocida —al menos en sus líneas generales. Pero existe en el Candomblé otro aspecto, no menos importante, que llamó la atención de los novelistas del nordeste: su aspecto estético. La religión y el arte, que en nuestra civilización occidental se separaron, se casan aquí en líricos esponsales. Y si es posible que el elemento religioso del Candomblé un día desaparezca, es de esperarse que el brasileño mantenga la herencia de belleza que los negros trasplantaron a su nueva patria.

Era en eso en lo que iba pensando, mientras el automóvil me conducía, junto con algunos amigos, al terreiro de Joãozinho da Gomea. La noche caía sobre la carretera litoral donde se enfrentaban y se confundían los perfumes de los árboles tropicales, de las flores salvajes de la tierra y el olor persistente a yodo y a marejada, proveniente del mar cercano. Bonfim, donde a la sombra de la cruz cristiana las hijas de santo vienen a ofrecer plegarias a Oxalá, el viejo, iba quedando atrás. Y el auto subía la ladera que conduce al santuario africano.
Algunos días antes yo había visto en la camarinha, extendidas en el suelo, apretadas en las fajas litúrgicas, con el rostro ahogado en la blancura de la tela, a las candidatas a esta iniciación, que hará de las jóvenes negras de Bahía caballos montados por los dioses. Se asemejaban a humildes crisálidas, tal vez en aquel momento a la espera del baño de hierbas sagradas preparado por el babalorixá, el cual abriría los cuerpos y las cabezas a la entrada de lo divino y desengancharía las alas de las bailarinas de los dioses. Hoy es la fiesta de "dar el nombre", la entrada de las iniciadas en la cofradía de las hijas y de los hijos de santo. Para que la ceremonia no sea perturbada, ya se realizó el sacrificio inicial a Exu; la multitud de vecinos, de padres, de amigos, de curiosos, de aficionados a estos espectáculos de arte, se codea en el terreiro, al lado de los fieles y de los devotos. Mientras esperan, los muchachos corren tras una pelota de fútbol, riendo alegremente.

El candomblé de Joãozinho pertenece a la nación angola. Por lo tanto, a una nación bantú. En realidad, los Orixás de esta nación no difieren de los Orixás de los Ketu o de los Jeje. Pero si la mitología es la misma, si el ritual es común, existe aun así en el canto, en el ritmo y en la liturgia un cierto número de diferencias. La nación angola resiste menos a las influencias extranjeras que nacen del medio, brotan en la nueva patria. Mientras que los nagôs y los dahomeyanos permanecen fieles a la pureza africana, el bantú acepta con más facilidad la lengua de los portugueses en sus cánticos festivos. Y tampoco desprecia a los Espíritus de los caboclos. Unen a los dioses de su país los dioses de la tierra adoptiva. Es verdad que el sincretismo no es tan grande como en la macumba, habiendo más yuxtaposición que asimilación. Las fiestas de los caboclos, por ejemplo, no se hacen en la misma época que las de los africanos, las ropas son diferentes. Y mientras que el candomblé se desenvuelve bajo el techo del barracão, el candomblé de caboclo se realiza al aire libre, pues las divinidades indígenas son divinidades de aire libre.

Geográficamente, el terreiro da Gomea dibuja esta yuxtaposición de los cultos. Helo aquí: después de la cabaña de Exu, bien junto a la puerta, la cruz de Oxalá, que acoge a los visitantes. Pero Oxalá nunca fue crucificado y esta cruz, plantada en el umbral del santuario africano, es el catolicismo del blanco. Un poco más allá, he aquí el árbol de Camujupitiá [nombre africano del caboclo Pedra Preta], el caboclo protector de Joãozinho, rodeado de una barrera tabú cubriendo con el follaje rastrero, con la verde sombra, platos de alimentos, vasijas de barro y la piedra negra, fálica. Un camino tranquilo conduce los pasos del visitante al árbol de Jucá, de frutos prohibidos, de tronco hueco donde el viento se emboca con un suspiro doloroso, del cual no se puede uno aproximar sin llevar en la mano la hoja protectora. Es en las ramas frondosas de este árbol donde duermen, mientras no se reencarnan o desaparecen, las almas de las hijas de santo del terreiro. Los candomblés jeje tienen una casa de los muertos donde, después de la muerte del babalorixá o de la madre de santo, el alma se recoge mientras espera su sustitución o su vuelta a la tierra, bajo la forma de una blanca sombra que transmite a los fieles sus últimas voluntades. Esta cabaña no existe en el terreiro de Joãozinho y es el árbol poderoso, poblado de cantos de pájaros, de gemidos de viento, en cuya rama se agarra el manto de la noche, el que sirve de reposo a los muertos. Los dioses africanos, a no ser algunas raras excepciones como Exu, Ossain, las divinidades de la vegetación en general, no son adorados fuera, sino en el interior de la casa, en el peji.

Aún aquí vemos que el sincretismo se limita a una simple yuxtaposición: no hay duda de que la influencia católica puede reflejarse en la decoración, en los patrones de belleza aprendidos en la contemplación de las capillas barrocas; no obstante, el peji es africano, con las ofrendas de platos olorosos, de dulces, de pollos, con las piedras sagradas —o itá—, guijarros rodados por la ola marina, piedras de rayo, las herrajes de Ogum, los pedazos de tiza de colores simbólicos. En cuanto al santuario católico, está separado del peji; se eleva en un rincón del barracão, con sus santos —sin duda equivalentes a los Orixás, Santa Bárbara identificada con Yansã, San Jorge con Oxóssi, San Sebastián con Omolu. Pero estos no reciben culto, apenas presiden la fiesta pagana.
Los tres tambores, Rum, Rumpi y Lé, están en sus puestos. Ellos son dioses. Fueron bautizados, recibieron la sangre del animal sacrificado, los habita el alma de los Orixás. Y cuando las manos ágiles de los músicos —danza negra de dedos sobre la piel tensa— golpean el tambor, los dioses hablan a los cuerpos. El tan-tan mágico no es solamente la nostalgia de África, ni el recuerdo de este otro tan-tan, el retumbar de las olas en el flanco del barco negrero, sino la bajada de los Orixás en la cabeza, en los músculos, en el corazón de sus hijos. Quien entra viene a saludarlos, a tenderse ante el instrumento sagrado, tocando sucesivamente la tierra y el tambor, con la mano trémula de emoción. Las danzas y los cantos comienzan, en un orden determinado, siempre el mismo —el xirê—, recibiendo cada dios, obligatoriamente, tres cánticos.

Sobre el camino que conecta la casa de Joãozinho con el barracão, los brazos extendidos en el aire sostienen el lienzo blanco —el alá— que yo ya había encontrado en otro lugar, en el batuque de Porto Alegre, a cientos y cientos de kilómetros de distancia, sirviendo para otros fines litúrgicos, y que refleja, creo yo, una supervivencia mahometana. Los Malês, que durante un momento sacudieron a Brasil con sus insurrecciones, ya se fueron o murieron, y el culto de Alá se extinguió; sus huellas, con todo, aún perduran hoy en los candomblés.
Es entonces cuando, rodeadas de la alegría de la multitud, en medio de los gritos y entre pétalos de flores, entran las iniciadas, las iaôs. La procesión hierática desfila al sonido del mismo cántico monótono y cada hija de santo viene acompañada de su keti, encargada de ampararla en la hora del éxtasis, de secarle el sudor del rostro con una toalla inmaculada. Ellas vienen danzando, la parte inferior del cuerpo envuelta en una falda blanca que, subiendo, contornea el busto; pero la espalda y los brazos están desnudos, cubiertos de manchas blancas. Las manchas blancas salpican todavía el rostro y la cabeza, que se rapó para que el dios pueda más fácilmente entrar y subyugar a su montura. En ninguna parte había visto yo ceremonias iguales, en las que las iaôs entraran enfiladas, con las vestimentas de los Orixás. Joãozinho, que es un admirable maître de ballet, aquí se abandonó ciertamente a su fantasía de creador estético. La escena es grandiosa y los cuerpos negros salpicados de blanco son como noches estrelladas de África que llegan hasta nosotros, danzando.

La estructura de las ceremonias afrobrasileñas es conocida. Los cantos llaman a los dioses y los dioses bajan:
Ogum ôburucan
imbaô balé
Ogum ô lojo
babaim nagô
erum jelé;
los pies golpean el suelo, las manos se extienden o se bajan, las caderas giran, el tan-tan martillea el pecho:
ô ami
luô
má nô
ô ami
luô
má nô
xarangô lá nu aeô
má nô
ami luô
má nô
Las "caídas de santo" se suceden. Cada vez que un hombre cae en trance, le quitan las chancletas, el saco, el sombrero; el cuerpo de las mujeres se estremece bajo los golpes de los dioses, los ojos se cierran, estáticos; a veces la posesión es tan violenta que el hijo o la hija de santo cae por tierra. Pero no debemos pensar que el candomblé nos presenta escenas de histeria. La posesión se realiza musicalmente; incluso en la violencia —que es rara— obedece al ritmo del cántico. Comenzó con la danza y con la danza terminará; es, en sí misma, una danza, salvaje, líricamente salvaje. Las personas en trance son llevadas a la camarinha y allí visten las vestimentas características de sus Orixás. Ropa de Xangô, blanca y roja con el sombrero redondo, la falda corta, el pantalón hasta los pies, el hacha doble. Extraña y aterradora vestimenta de Omolu, el dios de la viruela, cubriendo la cabeza y el cuerpo de paja de la costa.
A veces la posesión tarda. Entonces, el ritmo se hace más rápido, más feroz. Joãozinho persigue los cuerpos que resisten al trance divino, agita el agogô, dibuja, alrededor de las cabezas sudorosas, un encaje de campanillas sacudidas. Él mismo, el venerado padre de santo de su nación, será montado por Yansã y vestirá su vestimenta femenina, pues Yansã es la mujer de Xangô. Y danzará admirablemente, perdidamente, y será también Oxóssi, el dios cazador. Mientras tanto, en los intervalos en que los tambores callan, se escucha en la hierba de los campos alrededor el canto nocturno de los grillos —grito de amor que la tierra de Bahía lanza al cielo profundo y luminoso.

Entre las bailarinas reconozco a la nieta de la "madre pequeña" del terreiro de Joãozinho; es una niña [de] Xangô, de doce años. Está enferma, pero aun así el Orixá se apoderó de ella y danza, estática, entre las compañeras. Solo Oxalá no danza. Sentado en el trono, pues Oxalá es el dios supremo, el rey de los Orixás...
Oxalá-rei ô i, babá ô é
Oxalá-rei
...preside la fiesta, recibe las homenajes de los Orixás, da a la ceremonia el carácter jerárquico que hace de la mitología yoruba una traducción sobrenatural de las realezas africanas.
La fiesta está terminando. Según la costumbre, voy a comer el resto del alimento de los dioses. Y después, partiré solo. Quiero bajar hacia la ciudad adormecida, llevando la brazada de músicas que continúan en mi memoria. Tomaré el último tranvía que gime en los rieles. Cerca de mí, entre los pasajeros, alguna hija de santo, de nuevo con la triste ropa de trabajo, todavía traerá en los ojos el brillo del abrazo de los dioses.
(Fuente del original en portugués: grupo de facebook "Religião Respeito Humildade")